Llevo un par de años metiendo cucharadas de miso en cosas que mi abuela jamás habría imaginado. Un cocido madrileño con un toque de miso blanco al final. Un pilpil de merluza rematado con miso rojo. Y no, no sabe a ramen. Sabe a lo que ya sabía, pero con más fondo, más redondez, más eso.
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