El kéfir de agua lleva unos años colándose en despensas de gente que ni bebe leche ni quiere. Y tiene su gracia: es un fermentado vivo, con burbuja natural, sin lactosa y con un puñado de bacterias y levaduras beneficiosas. Se hace en casa con azúcar, agua y unos nódulos que parecen cristalitos gelatinosos. Nada más.
El té kombucha ha dejado de ser una novedad para convertirse en una presencia habitual en neveras y barras de cafés conscientes. Burbujeante, ácido y ligeramente dulce, esta bebida fermentada ofrece una textura viva que despierta el paladar y provoca curiosidad: ¿qué hay detrás de esa espuma fina y ese tang? Una buena receta empieza mucho antes de encender el fuego; en la kombucha, empieza con una cultura, paciencia y limpieza. Elegir bien qué kombucha beber —o preparar— tiene que ver tanto con la botella como con cómo se ha cuidado el proceso.