Llevas años viéndolas. En la granola del desayuno, en el bol de yogur del gimnasio, en la barrita "detox" de la gasolinera. Pequeñas, rojas, arrugadas como una pasa anémica. Las bayas de goji llegaron pisando fuerte a mediados de los 2000 con el cartel de superalimento tibetano y todavía no se han movido del estante ecológico. La pregunta honesta: ¿merecen el precio y el hype, o son un arándano con pasaporte exótico y mejor departamento de marketing?
El polen de abeja lleva años colándose en las estanterías de herbolarios, en los bowls de Instagram y en los desayunos de gente que jura que le ha cambiado la vida. Yo lo tengo en un bote en la despensa desde hace un par de años y lo uso casi a diario. Pero conviene ponerlo en su sitio: no es un superalimento milagroso ni un multivitamínico natural que sustituye a nada. Es un ingrediente interesante, con matices, y con letra pequeña que casi nadie cuenta.
Llevamos años importando bayas de goji, semillas de chía y polvos de açaí a precio de reliquia. Y resulta que a 350 kilómetros de Madrid, en L'Horta Nord, se cultiva un tubérculo pequeño, arrugado y dulzón que lleva siglos alimentando a los valencianos. La chufa. Ahora los anglosajones la han rebautizado como tigernut y la venden en tiendas orgánicas de Brooklyn a precio de oro. Nosotros la teníamos en la horchata del domingo.
Llevo un par de años viendo el bote de semillas de cáñamo peladas aparecer en las cocinas de gente que cocina bien. En yogures, en ensaladas, encima de una crema de calabaza. Y no es postureo healthy: es que funcionan. Aportan una cantidad de proteína seria por muy poca cantidad, tienen un sabor discreto que no arruina nada y se comen tal cual, sin tostar, sin remojar, sin ceremonia.
La chía lleva años instalada en el desayuno urbano, pero sigue habiendo lío con lo básico: cuánta tomar, cómo prepararla y si sirve echarla directa al yogur sin más. La respuesta corta: entre 10 y 25 gramos al día, siempre hidratada, con un ratio de agua muy concreto y un tiempo mínimo de remojo que casi nadie respeta.
Cinco siglos después de que Hernán Cortés ordenara arrancarlo de raíz, el amaranto vuelve a estar en las estanterías. Ahora en botes de cristal, en el pasillo de superalimentos, entre la quinoa y las semillas de chía. La historia es curiosa: una planta que alimentó al Imperio Azteca durante siglos, se prohibió por motivos religiosos y estuvo a punto de desaparecer, y hoy la NASA la ha señalado como uno de los cultivos con mejor perfil nutricional para viajes espaciales largos. No está mal para una semillita del tamaño de una cabeza de alfiler.
Lo viste en una carta de restaurante etíope y te quedaste con la duda. O lo encontraste en una tienda de granel a 8 €/kg y no supiste qué hacer con él. El teff es ese grano diminuto, color avellana o marfil, que lleva milenios alimentando a Etiopía y que ahora aparece en panaderías sin gluten de Malasaña y en cartas de nutricionistas con prisa. No es moda nueva: es un cereal antiguo que llega tarde a Europa.
Hay ingredientes que entran sin hacer ruido y, cuando los pruebas, te preguntas dónde estaban escondidos. La alga dulse es uno de ellos. Roja, crujiente cuando se tuesta, con un punto ahumado que recuerda al beicon de toda la vida y que crece pegada a las rocas de la costa gallega. Vamos al lío, porque tiene miga.