Llevamos años importando bayas de goji, semillas de chía y polvos de açaí a precio de reliquia. Y resulta que a 350 kilómetros de Madrid, en L'Horta Nord, se cultiva un tubérculo pequeño, arrugado y dulzón que lleva siglos alimentando a los valencianos. La chufa. Ahora los anglosajones la han rebautizado como tigernut y la venden en tiendas orgánicas de Brooklyn a precio de oro. Nosotros la teníamos en la horchata del domingo.
Fuimos a Es Tragón un martes de junio, al atardecer, con la excusa de un cumpleaños. Reserva hecha con tres semanas de antelación (aviso: en temporada alta es innegociable). Ibiza en verano es un campo minado de sitios donde pagas 90 € por un tartar mediocre y una vela LED, así que la expectativa era prudente. Salimos convencidos de que este es de los pocos restaurantes de la isla donde el ticket se justifica por lo que hay en el plato, no por quién se sienta en la mesa de al lado.
Vengo de la cocina con el vaso de la batidora manchado y las manos oliendo a ajo. Toca hablar de salmorejo cordobés, que en cuanto asoma el calor se convierte en la nevera de emergencia de media España. Y toca hacerlo bien, porque lo que sirven en muchas terrazas de Madrid con pan del súper y tomate pálido no es salmorejo: es un puré rosita triste.
Fuimos a Cañabota un martes de mayo, dos amigos y yo, sin ocasión especial más allá de "hay que volver". Habíamos reservado con seis semanas de antelación. Sí, seis. Y aun así conseguimos hueco a las 14:30 en barra, que es como hay que ir aquí. Salimos tres horas después con la sensación de haber comido el pescado más honesto del sur en mucho tiempo, y con la cartera un poco más ligera. Vamos por partes.
Hay dos tipos de fabada en este mundo: la que tiene un caldo denso, brillante, que se pega a la cuchara, y la que parece una sopa de alubias con chorizo flotando. Si has llegado hasta aquí es porque quieres la primera. Y te aviso ya: no hay atajo. Ni harina, ni maicena, ni triturar unas fabes con la batidora. Eso es hacer trampa y en Asturias te miran mal.
Fuimos un sábado por la noche, en pareja, aprovechando una escapada a la Ribera del Duero. La idea era clara: probar si Refectorio Sardón de Duero aguanta el mito o si es otro restaurante de hotel de lujo con más piedra que fondo. Spoiler moderado: la piedra ayuda, pero el que sostiene el sitio es el equipo de cocina.