Relatamos nuestras visitas a eventos (inauguraciones de establecimientos, presentación de productos, Ferias de Alimentación, Eventos gastronómicos)
Volvimos de Peñafiel con la sensación de haber comido en un sitio raro, en el buen sentido. Ambivium no es un restaurante de paso: está metido dentro del complejo de Pago de Carraovejas, mirando a las viñas, y todo —la cocina, la sala, la bodega— gira alrededor del vino. Fuimos un sábado a mediodía, con reserva hecha con tres semanas de antelación, cuatro comensales, ganas de menú largo y cero prisa. Salimos casi cinco horas después.
Hay restaurantes que te obligan a replantearte el mapa gastronómico de España. Bagá es uno de ellos. Está en Jaén capital —sí, Jaén, no Sevilla ni Córdoba— y cabe en un salón de tu casa: 22 metros cuadrados, catorce comensales por servicio y una estrella Michelin colgada en la pared desde 2019. Lo lleva Pedro Sánchez, un chef jienense que decidió no irse a Madrid a buscarse la vida y montar, en su tierra, uno de los proyectos más honestos de la alta cocina andaluza.
Fuimos a Huesca en pleno enero, con la excusa perfecta: temporada de trufa negra del Pirineo. Y si vas a Huesca a comer trufa, tarde o temprano acabas en Lillas Pastia. No es un capricho de guía; es que la provincia es una de las mayores productoras de Tuber melanosporum de Europa y este restaurante lleva más de tres décadas trabajándola como pocos.
Hay restaurantes a los que llegas y otros a los que se peregrina. Lera, en Castroverde de Campos (Zamora), es de los segundos. Estás a hora y media de Valladolid, a dos y pico de Madrid, y en el GPS aparece un pueblo de apenas 300 habitantes rodeado de trigales. Cuando aparcas y ves el edificio de ladrillo y adobe, entiendes que aquí la cocina cinegética no es un guiño de temporada: es la casa.
Fuimos a Vigo un jueves de octubre, con reserva pedida con casi tres semanas de antelación. Éramos dos, sin prisa, con la excusa perfecta: un cumpleaños que necesitaba mesa a la altura. Y Maruja Limón aparecía en todas las listas que consultamos como el sitio al que ir si querías sentarte a comer bien de verdad en la ciudad olívica.
Fuimos a Es Tragón un martes de junio, al atardecer, con la excusa de un cumpleaños. Reserva hecha con tres semanas de antelación (aviso: en temporada alta es innegociable). Ibiza en verano es un campo minado de sitios donde pagas 90 € por un tartar mediocre y una vela LED, así que la expectativa era prudente. Salimos convencidos de que este es de los pocos restaurantes de la isla donde el ticket se justifica por lo que hay en el plato, no por quién se sienta en la mesa de al lado.
Fuimos a Cañabota un martes de mayo, dos amigos y yo, sin ocasión especial más allá de "hay que volver". Habíamos reservado con seis semanas de antelación. Sí, seis. Y aun así conseguimos hueco a las 14:30 en barra, que es como hay que ir aquí. Salimos tres horas después con la sensación de haber comido el pescado más honesto del sur en mucho tiempo, y con la cartera un poco más ligera. Vamos por partes.
Fuimos un sábado por la noche, en pareja, aprovechando una escapada a la Ribera del Duero. La idea era clara: probar si Refectorio Sardón de Duero aguanta el mito o si es otro restaurante de hotel de lujo con más piedra que fondo. Spoiler moderado: la piedra ayuda, pero el que sostiene el sitio es el equipo de cocina.