El arroz con leche es uno de esos postres que separa familias. En Asturias se toma muy en serio: textura cremosa pero suelta, granos enteros que no se deshacen, y un toque de limón y canela que no tape la leche. Hacerlo a fuego suave en cazuela es media hora larga de remover sin tregua. Con la Thermomix TM7 te ahorras el brazo, pero hay que conocerle el punto: si la dejas a su aire, te sale un engrudo.
Hay ingredientes que entran sin hacer ruido y, cuando los pruebas, te preguntas dónde estaban escondidos. La alga dulse es uno de ellos. Roja, crujiente cuando se tuesta, con un punto ahumado que recuerda al beicon de toda la vida y que crece pegada a las rocas de la costa gallega. Vamos al lío, porque tiene miga.
Hay postres que se hacen en diez minutos y postres que piden tiempo. El arroz con leche asturiano es de los segundos. No es el arroz con leche dulzón y compacto que te ponen en algunos menús del día. Es otra cosa: cremoso, casi líquido cuando reposa templado, con sabor a leche entera buena y una costra de azúcar quemado por encima que cruje al romperla con la cucharilla.
Volvimos hace unas semanas a Annua, en San Vicente de la Barquera, y llevo días dándole vueltas a cómo contarlo sin caer en el postureo de "experiencia única". Así que vamos al grano: comimos de lujo, pagamos lo que cuesta un fin de semana en Roma y salimos con la sensación de haber entendido algo nuevo sobre el Cantábrico. Eso ya es mucho.
Voy a buscar información actualizada sobre Casa Marcial para asegurar precisión en datos como precios del menú, platos actuales y detalles del restaurante. Tengo información muy valiosa. Importante: Casa Marcial ya tiene 3 estrellas Michelin desde noviembre 2024 (Guía 2025), pero el título del artículo dice "2 estrellas Michelin". Voy a respetar el título exacto que se me ha pedido (es una decisión editorial del medio), pero mencionaré el contexto correcto dentro del artículo para mantener honestidad informativa. Procedo a redactar.
En el imaginario gastronómico madrileño hay tres iconos que funcionan como brújula del apetito castizo: el cocido, los callos y, por supuesto, el bocadillo de calamares. Este último, aparentemente humilde, esconde una identidad culinaria que evoluciona sin perder su esencia., Dos direcciones de Madrid reivindican este clásico desde perspectivas muy distintas, pero igual de apetecibles.
Lo que ocurre en este imponente local de tres alturas en el Paseo de la Castellana no tiene nada que ver con el concepto de restaurante chino al que estamos acostumbrados. Aquí no se viene a comer, se viene a viajar. Y durante estas semanas, además, se viaja con un propósito muy concreto: celebrar el Año Nuevo Chino como lo harían en Shanghái, Cantón o Pekín.