Venta Moncalvillo (La Rioja): cocina de bosque a 30 minutos de Logroño
Llegar a Daroca de Rioja un sábado de octubre, con la niebla todavía pegada al monte y las hayas medio amarillas, ya predispone. El pueblo tiene cincuenta vecinos largos. Y un restaurante con estrella Michelin. La desproporción es parte del encanto.
Fuimos cuatro, sin prisa, a probar el menú largo. No es una comida que se improvise: hay que reservar con semanas de antelación y subir hasta allí en coche desde Logroño. Te cuento qué nos encontramos, qué brilló, qué no, y si compensa el viaje.
Dónde está Venta Moncalvillo y cómo llegar
Venta Moncalvillo está en Daroca de Rioja, un pueblo minúsculo de la Rioja Alta, a unos 30 minutos en coche desde Logroño por la LR-137. Son aproximadamente 25 kilómetros. Se llega bien: carretera tranquila, curvas suaves, viñedo a los lados y el Sierra de Moncalvillo marcando el horizonte. De ahí el nombre.
No hay transporte público útil para ir a comer. O coche, o taxi desde Logroño (calcula 35-45 € el trayecto, ida). Si te alojas en Logroño y vas a beber vino —y vas a beber vino—, el taxi compensa.
El restaurante está en la entrada del pueblo, con aparcamiento propio. Edificio reformado, sobrio por fuera, cálido por dentro.
Quiénes son los hermanos Echapresto
El proyecto lo llevan Ignacio y Carlos Echapresto, dos hermanos que abrieron la casa en 1994 como venta de carretera. Lo de la alta cocina llegó después, despacio, sin mudarse de pueblo.
Ignacio es el cocinero. Autodidacta, muy ligado al entorno: caza, hongos, hierbas, raíces. Carlos es el sumiller y la cara de sala, con una de las cartas de vinos más serias que vas a ver en La Rioja (y eso es decir). En 2009 entró la primera estrella Michelin, que mantienen desde entonces. También suman dos Soles Repsol.
Lo importante no son las distinciones. Es que llevan más de treinta años en el mismo sitio, cocinando lo que crece a 5 km a la redonda. Esa coherencia se nota en el plato.
Qué es la cocina de bosque
Cuando alguien dice cocina de bosque en Venta Moncalvillo no es un eslogan. Es literal. Ignacio Echapresto recoge personalmente buena parte del producto silvestre que sale a la mesa: setas, hongos, brotes, hierbas, frutos, cortezas. La Sierra de Moncalvillo es su despensa.
A eso se le suma producto km 0 del entorno: cordero de la zona, verduras de huerta propia o de productores cercanos, caza menor en temporada. Nada de carta inmovilista: el menú cambia cada pocas semanas según lo que el bosque dé. En octubre tocaban boletus, trompetas de los muertos y níscalos. En primavera mandan los espárragos trigueros y las primeras hierbas.
No es "cocina de autor con guiño rural". Es cocina de territorio, con técnica contemporánea pero sin pirotecnia.
La sala y el ambiente
Sentados en mesa, con reserva (es la única forma). Treinta cubiertos largos, separación generosa entre mesas, ruido controlado. Decoración sobria: madera, piedra, luz cálida, mantelería buena pero sin tiesura. Se puede hablar sin gritar y la mesa de al lado no es banda sonora.
Hay una ventana grande que da al monte. En otoño, con el bosque encendido, es media decoración del comedor.
Accesibilidad: planta baja, sin escalones complicados. Aseos cuidados.
El menú degustación: lo que comimos
Pedimos el menú degustación largo, que ronda los 14-15 pases dependiendo del día. Hay versión corta más asequible y opción de carta, pero el largo es el que cuenta la historia completa.
Snacks de bienvenida — Tres bocados de entrada: una teja crujiente de maíz con paté de caza, una galleta de cebolla y hierbas del huerto y un bombón helado de remolacha. Buen arranque, sabores nítidos, sin barroquismo.
Caldo de hongos con yema curada — Aquí ya entra el bosque de verdad. Caldo concentrado de boletus, yema curada en sal durante 24 horas, unas hierbas frescas por encima. Profundo, terroso, limpio. De los platos que recuerdo una semana después.
Trucha del Iregua, escabechada y ahumada — Producto local, escabeche suave, punto de ahumado discreto. Bien resuelto, aunque algo previsible dentro del menú.
Setas de temporada, jugo de asado y avellana — Salteado de varias setas (boletus, trompeta, una seta de cardo) sobre un jugo reducido de carne con avellana tostada rallada. El plato más "bosque" de la comida. Aplauso.
Pichón en dos servicios — Primero la pechuga, sangrante justa, con una salsa corta de su propio jugo y enebro. Después el muslo deshuesado con una cebolla rellena. El pichón estaba en punto perfecto, la salsa profunda sin pesar.
Cordero de la zona, lechal, con su jugo y verduras del huerto — Cocción larga a baja temperatura, piel crujiente, carne que se deshace. Sin floritura. Producto puro.
Prepostre de manzana y laurel — Refrescante, herbáceo, justo lo que pedía el cuerpo después del cordero.
Postre de castaña, café y cacao — Cremoso, amargo en su punto, equilibrado. No demasiado dulce, gracias.
Petit fours discretos y café decente para cerrar.
Sobre el conjunto: hay platos memorables (el caldo de hongos, las setas, el pichón) y otros más de trámite (la trucha, los snacks iniciales). Coherencia altísima de principio a fin. Nada de fuegos artificiales para impresionar.
La carta de vinos y el servicio
Aquí Carlos Echapresto manda. La carta de vinos tiene más de 1.000 referencias, con una sección impresionante de Rioja, profundidad en vinos de pueblo y de viñedo singular, y guiños a productores pequeños que no encuentras fácil en Madrid. También Borgoñas, Champagnes y vinos de jerez bien escogidos.
Pedimos maridaje. Siete copas, mezcla de blancos riojanos viejos, un Champagne, tintos de la zona y un dulce final. Carlos no recita: pregunta qué te apetece, propone, cuenta de dónde viene el vino y por qué encaja con el plato. Sin postureo. Si dices que un vino no te convence, te trae otro sin drama.
El resto del servicio, al mismo nivel: tiempos correctos (la comida duró unas tres horas y cuarto, ni eterna ni atropellada), explicaciones claras de cada pase, y trato cercano sin ñoñería.
Precio y relación calidad-precio
El menú degustación largo cuesta alrededor de 130-145 € por persona, sin bebida. El menú corto ronda los 95-105 €. El maridaje completo suma unos 75-90 € más por persona, según selección.
Nosotros, con menú largo, maridaje completo, agua y cafés, salimos a alrededor de 220-235 € por persona. Ticket medio aproximado, no factura exacta.
¿Es caro? Sí, en términos absolutos. ¿Es justo? Para el nivel de producto, técnica y sala, sí. Hay restaurantes con estrella en Madrid que cobran más por menos. Lo que pagas aquí es producto silvestre de recogida propia, bodega seria y treinta años de oficio.
Cómo reservar
Solo con reserva. Se hace por teléfono o desde la web oficial de Venta Moncalvillo. Recomendable pedir mesa con 3-6 semanas de antelación si quieres fin de semana, especialmente en temporada de setas (septiembre a noviembre) y primavera.
Cierran domingos noche, lunes y martes. Confirma siempre el calendario porque tienen vacaciones definidas en invierno y verano.
Si vienes de fuera, plantéalo como plan de día: comida larga, paseo por la sierra y noche en Logroño o en una de las casas rurales de la zona de Nájera.
Veredicto
3 jamones. Imprescindible. Llevaría a alguien aposta hasta Daroca de Rioja para comer aquí.
¿Para quién es? Para el que quiere entender qué es la cocina de territorio bien hecha, sin disfraces. Para el que disfruta un menú degustación largo sin mirar el reloj. Para el que valora una carta de vinos con criterio por encima del nombre del cocinero en la prensa.
¿Vuelvo? Sí, en otra temporada. La carta cambia tanto que ir en otoño y en primavera son dos comidas distintas.
Reserva obligatoria, aforo limitado, coche imprescindible. Y déjate guiar por Carlos con el vino: es media gracia de la visita.
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