Pocos guisos huelen a domingo como este. El rabo de toro estofado al vino tinto es de esos platos que Córdoba ha convertido en bandera y que, bien hecho, no tiene rival: la carne se deshace, la salsa brilla como un espejo y el pan desaparece antes que la carne. Se dice que el guiso nació en las tabernas próximas a la plaza de toros, aprovechando el rabo de las reses lidiadas. Hoy da igual el origen taurino: se hace con rabo de vacuno normal y sigue siendo el mismo lujo lento.
Hay guisos que huelen a domingo en casa de la abuela y este es uno de ellos. El pollo en pepitoria es de esos platos que llevan siglos en la mesa española y que, cuando lo haces bien, te preguntas por qué no lo cocinas más a menudo. Almendras, azafrán, yema cocida y vino blanco. Cuatro ingredientes que, majados juntos, transforman un pollo cualquiera en una salsa amarillenta, sedosa y con fondo.
Volvía de Barbate con las manos oliendo a mar y la libreta llena de notas. Si nunca has visto un ronqueo en directo, cuesta explicarlo sin sonar exagerado: es despiece, es espectáculo y es memoria de un oficio que lleva más de tres mil años en esta costa. Cuchillo largo, atún de 200 kilos sobre la mesa, y un sonido —el que le da nombre— que recuerda a un ronquido cuando la hoja raspa el espinazo.
Hay restaurantes que te obligan a replantearte el mapa gastronómico de España. Bagá es uno de ellos. Está en Jaén capital —sí, Jaén, no Sevilla ni Córdoba— y cabe en un salón de tu casa: 22 metros cuadrados, catorce comensales por servicio y una estrella Michelin colgada en la pared desde 2019. Lo lleva Pedro Sánchez, un chef jienense que decidió no irse a Madrid a buscarse la vida y montar, en su tierra, uno de los proyectos más honestos de la alta cocina andaluza.
Fuimos a Vigo un jueves de octubre, con reserva pedida con casi tres semanas de antelación. Éramos dos, sin prisa, con la excusa perfecta: un cumpleaños que necesitaba mesa a la altura. Y Maruja Limón aparecía en todas las listas que consultamos como el sitio al que ir si querías sentarte a comer bien de verdad en la ciudad olívica.
Fuimos a Es Tragón un martes de junio, al atardecer, con la excusa de un cumpleaños. Reserva hecha con tres semanas de antelación (aviso: en temporada alta es innegociable). Ibiza en verano es un campo minado de sitios donde pagas 90 € por un tartar mediocre y una vela LED, así que la expectativa era prudente. Salimos convencidos de que este es de los pocos restaurantes de la isla donde el ticket se justifica por lo que hay en el plato, no por quién se sienta en la mesa de al lado.
Fuimos un sábado por la noche, en pareja, aprovechando una escapada a la Ribera del Duero. La idea era clara: probar si Refectorio Sardón de Duero aguanta el mito o si es otro restaurante de hotel de lujo con más piedra que fondo. Spoiler moderado: la piedra ayuda, pero el que sostiene el sitio es el equipo de cocina.
El litoral español marca sabores, técnicas y decisiones en los restaurantes con 3 estrellas Michelin. No se trata solo de servir buen pescado: es una conversación entre costa, mercado y mesa que define propuestas culinarias complejas. Elegir bien qué producto marino entra en la cocina puede elevar un bocado —o arruinarlo— por la frescura, la textura y la trazabilidad. Los productos marinos —desde un percebes hasta un alga— funcionan como hilo conductor, y su manejo revela la honestidad y la ambición del chef. Una buena cena en este nivel no depende solo del menú, sino de cuánto respeto y criterio se pone en cada ingrediente.